jueves, 11 de junio de 2015

Moribundos

Te has preguntado a qué sabe la muerte;
es un placer del cual los moribundos son celosos,
no cuentan a qué sabe, a qué huele, cómo es,
se lo guardan para ellos.

Suena egoísta el pensar en quitárselos,
en arrebatarles el anhelo que tienen por aquella lucha,
aquella guerra entre el vivir y el morir,
esa lucha con el ganador cantado,
pero con un vencido terco,
con esa tenacidad única de los moribundos.

Yo conozco muchos moribundos,
no todos con caras demacradas, 
con la piel pegada al hueso;
los he conocido peores,
aquellos que se nombran con la vida plena,
pero que se venden a si mismos por pedazos de miseria.

Pobretones miserables que lo único que tienen es riqueza,
moribundos no por la falta de signos vitales,
sino por la carencia de sueños,
con los zapatos llenos de suelo.

Esos, son los peores,
un moribundo de cuerpo sabe que morirá; 
un moribundo de espíritu,  de ideales,
vive fingiendo vivir, 
vive sin las ganas de sobresalir,
luchando a diario con su idea de seguir,
resignado, mientras mira al mundo pasar.

¿De qué carajos le sirve al mundo un moribundo con alta esperanza de vida?
Uno sin sueños en la maleta,
sin la necesidad de explorar nuevos caminos,
sin razones para seguir.

Al mundo le hacen falta más moribundos,
de esos que valen la pena,
de los moribundos de verdad,
aquellos que disfrutan vivir,
que aún en la muerte se atreven a soñar,
que tienen lo suficiente para enfrentarse a ella,
sabiendo que perderán,
pero entregándose hasta el final.

Moribundos que caminan sin parar, 
en está ciudad llena de lápidas, 
continuo vaivén de epitafios
y al final los moribundos que cuentan, son los que no dejamos de luchar. 

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